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Correr maratones no destruye el corazón: la ciencia despeja el mito

El reciente fallecimiento de un corredor de 38 años durante la media maratón de Madrid reavivó un debate recurrente: ¿son las carreras de resistencia una bomba de relojería para el corazón? La alarma mediática ante sucesos así, sumada a estudios que sugerían límites seguros de ejercicio, ha creado la percepción de que correr más de 42 kilómetros podría ser perjudicial. Sin embargo, la evidencia científica más reciente apunta en dirección contraria.

Un estudio publicado en Jama Cardiology siguió durante 10 años a 152 corredores aficionados masculinos de maratón y concluyó que participar de manera repetida en estos eventos no provoca un deterioro cardíaco a largo plazo. Johannes Scherr, investigador suizo y autor principal del estudio, subraya que la preocupación histórica se basaba en cambios agudos observados tras la carrera, como la reducción temporal de la función del ventrículo derecho y el aumento de biomarcadores de lesión cardíaca, como la troponina.

“Estos cambios son transitorios y regresan a la normalidad entre uno y tres días después de la maratón”, explica Scherr al diario EL PAÍS. “No dejan secuelas a largo plazo”. Desde el punto de vista clínico, el estudio envía un mensaje claro: para la mayoría de corredores aficionados, entrenar y competir en maratones no supone un riesgo para la salud del corazón.

El corazón como cualquier otro músculo

Ignacio Fernández Lozano, presidente de la Sociedad Española de Cardiología (SEC), ofrece una comparación reveladora: “Si al final de una maratón se analizara un cuádriceps, parecería destrozado. Eso no significa que correr sea malo; el músculo se recupera. Lo mismo ocurre con el corazón”. La analogía permite ver la fisiología detrás del mito: los efectos agudos del esfuerzo intenso no equivalen a daño crónico.

Alfonso Valle, presidente electo de la Sociedad Valenciana de Cardiología, añade un matiz crucial: muchas veces, el deporte de resistencia actúa como un detector de problemas cardíacos ocultos. “A partir de los 35-40 años pueden aparecer placas en arterias que no dan síntomas y que, en un esfuerzo extremo, podrían desencadenar un infarto. En personas más jóvenes, las muertes súbitas suelen deberse a defectos estructurales no diagnosticados”, afirma.

La paradoja al correr: riesgo y protección

Fernández Lozano insiste en la paradoja: “Entre dos personas de 45 años, una sedentaria y otra que corre maratones, la que tiene más riesgo de un infarto es la sedentaria. Pero la probabilidad de un evento durante la actividad física aumenta si hay factores de riesgo preexistentes”. Este matiz explica la atención mediática ante tragedias individuales, que a menudo oculta la visión global: correr, en términos generales, protege al corazón.

La maratón como símbolo, no como obligación

El mensaje de los especialistas es claro: correr maratones es seguro para corazones entrenados, pero no es obligatorio para estar sano. El ejercicio moderado, regular y constante, como salir en bicicleta o correr tres o cuatro veces a la semana, ofrece beneficios comparables sin el riesgo inherente de la sobreexigencia. En definitiva, la maratón es un desafío para cuerpos preparados, no un requisito para la salud.

El estudio suizo pone fin a un mito persistente y ofrece tranquilidad a quienes buscan superar sus límites en las calles, sin pagar un precio invisible por ello: el corazón, cuando está entrenado, resiste y se recupera. Correr 42 kilómetros, por primera vez o por décima, no parece dañar al músculo más vital del cuerpo humano.